La LEISHMANIOSIS canina es una zoonosis parasitaria, endémica, causada por un protozoo flagelado del género Leishmania. Dichos protozoos son principalmente parásitos del hombre y otros mamíferos, (especialmente perros y roedores).

En la zona mediterránea, la Leishmaniosis Canina está causada por la misma especie que la que produce Leishmaniosis humana, es decir Leishmania infantum. El perro se considera el principal reservorio de la enfermedad, y por tanto la lucha contra la Leishmaniosis Canina (Tratamiento de animales enfermos, diagnóstico precoz y prevención) es considerada clave para el control de la Leishmaniosis humana. Su importancia crece en países no endémicos donde los perros importados de zonas endémicas pueden estar infectados o enfermos y constituyen un problema para los veterinarios y para la salud pública.

Lesiones leishmaniaEl vector en los países mediterráneos es el flebótomo, que tiene su periodo de actividad entre los meses de mayo y noviembre. La presencia del vector ha aumentado y se ha extendido territorialmente, llegando al pie de los Alpes en Italia, a los Pirineos en Francia y al norte de España, ello ha hecho aumentar de forma significativa la prevalencia de la enfermedad. Desde el punto de vista de la epidemiología, existen en la actualidad dos conceptos a tener en cuenta.

EL primero, es que la infección en las áreas endémicas es extensa, pero no todos los animales infectados desarrollan la enfermedad. En los animales infectados se dan dos patrones de progresión de la enfermedad: en algunos perros, aparecen signos clínicos severos al poco tiempo de darse la infección; en cambio, la mayor parte de perros, permanecerán infectados de por vida, pero evitarán la aparición de signos clínicos a no ser que algún factor (enfermedad, medicamentos) haga despertar la infección latente. El segundo concepto, es que en condiciones favorables (altas densidades de perros o de flebotomos), la enfermedad es capaz de transmitirse rápida y eficazmente por toda la población canina. Estos dos conceptos nos muestran que la leishmaniasis clínica en las zonas endémicas, es sólo la punta del iceberg, y que los animales infectados son la mayoría de la población.

La vía de transmisión habitual de la Leishmaniosis canina es mediante la picadura de un flebotomo. Tanto los perros sintomáticos como los asintomáticos son potenciales transmisores de la enfermedad, pero los sintomáticos tienen un potencial de infectividad mayor. Aunque los flebotomos son los únicos vectores adaptados a la transmisión de la Leishmaniosis, se han descrito otras vías como la transplacentaria (vertical), venérea o por transfusiones de sangre. Otro modo de transmisión no demostrado sería directamente de perro a perro por mordeduras y heridas.

El periodo de incubación de la enfermedad hasta la aparición de los signos clínicos es muy variable y puede ir desde 3 meses hasta 7 años. La seroconversión, cuando aparece, lo hace 1-22 meses después de la infección, con una media de 5 meses.

La leishmaniosis canina es una enfermedad sistémica que puede potencialmente afectar a cualquier órgano, tejido o fluido corporal y se manifiesta con signos clínicos no específicos. Las lesiones cutáneas son el signo clínico más habitual, aunque la enfermedad renal puede ser la única manifestación clínica de la L. canina y puede progresar de una leve proteinuria a un síndrome nefrótico o a un estadio final de enfermedad renal. La insuficiencia renal crónica es el resultado de la progresión de la enfermedad, y la causa principal de mortalidad debida a L. canina.

En una enfermedad grave, de difícil y largo tratamiento como la leishmaniosis canina, la prevención es especialmente importante. Dos intervenciones preventivas de la leishmaniosis han demostrado eficacia y se utilizan de forma cada vez más habitual: el uso tópico de insecticidas-repelentes de forma regular, y la vacunación.

Hay numerosos estudios que demuestran que la aplicación tópica en el perro de insecticidas con efecto repelente reduce la incidencia de la enfermedad. Los piretroides aplicados por vía tópica evitan la succión de sangre por parte del flebotomo. Este efecto es consecuencia de la acción repelente de los piretroides y de su efecto insecticida, que causa la muerte de muchos flebotomos o su desorientación y les impide la succión de sangre y, en consecuencia, la transmisión de Leishmania. Se presentan en forma de collares, formulaciones spot-on y aerosoles.

En zonas donde la leishmaniosis es endémica es recomendable el uso de insecticidas tópicos con efecto probado sobre los flebótomos. Los collares con deltametrina deben colocarse al inicio de la temporada de flebotomos y los spot on con permetrina deben aplicarse cada cuatro semanas, desde abril hasta noviembre. Aún así, hay que entender que la protección del perro individual, si bien es elevada, no está garantizada al 100%.

Sin duda alguna, el mayor avance en la prevención y control de la leishmaniosis será consecuencia de la extensión de la vacunación. Después de muchos años de estudio de la respuesta inmunitaria frente a Leishmania y de numerosos abordajes, en la actualidad se dispone de las primeras vacunas seguras y efectivas.

Los estudios disponibles indican que la vacunación con una vacuna efectiva es la estrategia de control más completa y eficaz. Genera elevada protección del perro individual, reduce la prevalencia de la leishmaniosis canina y se ha demostrado que reduce la incidencia de los casos de leishmaniosis humana de origen canino en la región. Los datos disponibles indican que las vacunas no eliminan la infección, pero inducen una fuerte respuesta inmunitaria celular que evita el desarrollo de la enfermedad.

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